domingo, 3 de marzo de 2013

La Guerra del Opio, según el poeta tucumano Carlos Marx





























El miedo es el método. La noche
es  un método
un dispositivo americano
de estrellas sangrantes.

El lucro no cesa.

Quién sea consciente de esto
desde la más tierna edad
sabrá obtener y gobernar
los beneficios de nuestra era,
una provechosa physica
para la edad delicada.
La Compañía de la India Oriental,
lo sabía. Muchos hombres trabajaban para ella.
Tenían un bello slogan:
Now, the dream of men and billions.

Aunque por mucho aburran
sus clases medias, el león de tercipelo
cosechó odio y amapolas.
Luego se refugió en su corte.

En el negocio, el despojado luciría feliz.
Era la esencia de la navegabilidad
de los ríos interiores.

¿Cuánto cuesta el río?
This riverside, how much?
¿Cuál es el valor del río?
Del río, su peso en plata,
su velocidad en cueros.

El oro en el centro de la velocidad
de la civilización del cuero.
El poeta Álvaro Cormenzana,
vestido con su camisa de luces
ha sabido explicar muy bien
esta metáfora alzando
una hebra de pasto fluorescente
en su discusión con Mansilla
por la influencia de los alfalfares
en las letras nacionales.
Pero sigamos,
que no hay leyes absolutas
que defiendan la existencia de los pueblos
así ese pueblo sea un pueblito
como Maimará.

Las muchas formas de explotación
producen otras tantas de resistencias.

El opio de la India
que vendían en la China
era la comercialización continua
de ese extraño verbo
que goza y muere
en el cuerpo.

Según Montgomery Martin:
comerciar seres humanos
resulta más provechoso
para el alma
que traficar drogas
después de todo a un negro, decía,
lo queremos para que reditúe, de ganancias.
Solía jactarse en el café
tomándose un brandy.
No envilecemos a los negros, decía
mirando a su alrededor
despaciosamente
y con fría calma
saboreando el trago,
no corrompemos lo suficiente
su mente pero el vendedor de droga
mata el cuerpo, ese templo,
luego de arrastrarlo a la infelicidad 
de los pecadores
alimentando las fauces de la bestia
Moloch, altar del asesino británico
y el suicida chino
y que recibe
las ofrendas rituales
sin decir nada.

Con psicología satisfecha
Montgomery Martin, se acariciaba el bigote
era el último artista
que transmitía en directo las noticias
de paz y prosperidad imperial.

La película porno del Imperio
que podría llamarse aquí,
Los Miembros Informantes

Así, toda la tristeza escondida
a lo largo de la Larga Marcha,
de su avenida infinita y victoriosa,
absurdamente condenada
por su falta de claridad. Yo me pregunto:
¿qué es, marchar en la oscuridad?

¿Cuál es el problema?

UNO: Los chinos no pueden ser
a un tiempo consumidores
y adictos sin embargo
al aumentar el consumo de drogas
se alza la demanda global de mercancías.
Un círculo vicioso donde
despliegan su tienda.

DOS: Los chinos no paran
de consumir drogas,
lo admiten en todas partes.

TRES: Los portugueses trajeron
a China desde el Turquestán
el opio y cuerdas para laúd,
fueron sus únicos importadores
con licencia exclusiva
de los doscientos cajones
de novecientos kilos c/u
que consumía la nación más
poblada del mundo para
uso medicinal.
En mil setecientos setenta y tres
el coronel Watson y el vicepresidente Wheleer,
sugirieron a la Compañía de la India Oriental
la idea de emprender el tráfico de opio a China.
En mil setecientos noventa y ocho
La Compañía dejo de explotar
directamente el opio para
elaborar la droga en India y contratar y dar
licencias a barcos privados
para que trafiquen exclusivamente
lo elaborado por la Compañía,
bajo apercibimiento 
si se observaba el transporte
de sustancias 
de otras plantaciones.
Escrupulosamente los buques de la Compañía
no permitían el transporte de estupefacientes
de uso privado entre sus pasajeros.

Las rubias morían de aburrimiento
viendo pasar las grullas
de cara a un nuevo romance
bajo la diáfana alucinación en el boyar 
de la abstinencia.
Se duraba poco en esa situación.
El Emperador que desde el siglo
diecisiete hasta el siglo diecinueve se demoró
en firmar el decreto prohibiendo
el consumo, permitió, al finalizar ese noble gesto,
que miles de chinos fueran ejecutados 
como perros, echados de los fumaderos
y reventados de un balazo en la cabeza,
de estar nomas,
sin enterarse de nada;
mientras por la puerta que da al callejón
dueños de locales y policías
arreglaban impuestos.
La firma del segundo decreto 
prohibiendo el tráfico
llegó demasiado tarde o no.
Cosa de civilizaciones pesadas.

Mientras los bárbaros
defiendan el principio de moralidad
los civilizados opondrán el principio de lucro.
Esto es lastimosamente cierto.
Un imperio en donde vive
un tercio de la raza humana
y que vegeta a despecho de la época
aislado en su apartamiento forzoso
del comercio general,
dispuesto a echarse al monte
engañarse con ilusiones
de perfección celestial;
un Imperio alcanzado
por la mano muerta del destino
y el polvo que cubre las cosas,
llevado al duelo donde esgrime razones éticas
frente a la abrumadora sociedad moderna
que defiende su sangriento derecho a comprar
en los mercados baratos y vender
en los más caros.

Esta es
por cierto, una copla
trágica, extraña
que poeta alguno
haya atrevido imaginar.

Escrito el treinta y uno de agosto
de mil novecientos setenta y tres
en la Ciudad de Concepción
Provincia del Tucumán

“para que la ceniza
no ocupe demasiado lugar.”