miércoles, 26 de octubre de 2011

murió en su casa durmiendo la siesta





Ayer murió en su casa de Limache el escritor Raúl Aráoz Anzoátegüi, yo lo conocí, me presto una biografía de Joyce; otra vez lo entrevisté y luego compartí con él algunos momentos en su casa. Era de otra época. Sabio y generoso. Manuel J. Castilla, lo tuvo entre sus tempranas amistades, luego se pelearon de por vida. Ahora todo eso terminó.

sábado, 8 de octubre de 2011

"Lean, che"











Breve homenaje al hombre que fue un llamado.
Lean,che. Bella frase de Lamborghini.
No es necesario que lean al CHE, basta con que se lea, nomás...

martes, 2 de agosto de 2011

Cielo de pobres celestes*



SALTA, 1930 – 1960
Un relato de pintores, rupturas e identidades
por Luna de la Cruz

edición a cargo de Roly Arias
para Ediciones de Galería FEDRO


“En la negación a una Salta idílica influyó también el peronismo como acontecimiento histórico. Los hechos políticos y sociales se incorporan al arte a través de un misterioso metabolismo que hasta ahora no interesó a los ensayistas”. Estas palabras de Walter Adet, en El arte detector de mentiras, finalmente aparecen refutadas con este libro. Si bien no es intención de la ensayista, el recorte temporal que propone para analizar el surgimiento y configuración del campo de las artes plásticas y la producción iconográfica de los imaginarios sobre Salta y sus tipos sociales, deja, al menos, como extemporánea la afirmación del poeta. El período escogido para su estudio comprende el más relevante y controvertible para la historia de la Salta moderna. Recordamos que en esos años se inaugura el primer Museo Colonial Histórico y de Artes; se crea la Escuela de Bellas Artes “Tomás Cabrera”; arriba a esta provincia el más destacado grupo de artistas para producir y transmitir su oficio; abarca los años de los primeros concursos o salones provinciales de plástica; el surgimiento de las revistas Ángulo y Pirca; comprende el período de los golpes de estado, con auge y caída del Régimen Conservador, y el de las transformaciones institucionales más formidable que haya vivido la provincia junto a la emergencia incontenible del peronismo como fuerza política de características revolucionarias. Luego de aquellos años, nada volverá a ser lo que era, ni siquiera para las delicadas disciplinas que persiguen Belleza.
Luna de la Cruz, realiza un examen, a la vez que una tarea interpretativa, de los discursos dominantes de una época plena de transformaciones sociales y culturales. Aborda discretamente el surgimiento del peronismo como fenómeno que aglutina y da sentido a la acción de las masas y al comportamiento de las elites. Pero no es el peronismo el eje de su trabajo, por el contrario, la autora no afronta abiertamente esta cuestión. Es la lectura que realiza del proceso histórico, la reformulación que hace de viejas antinomias y dicotomías, (culto – popular o civilización y barbarie), junto al análisis de las instituciones que surgen en lo que se define como génesis del campo artístico, lo que hace pensar en todo momento en lo insoslayable que puede resultar el peronismo en algunos casos.

El ensayo no es solo especulación antropológica o examen histórico, también es un relato de pintores que nos traslada a un tiempo mítico, fundacional de una concepción de arte, de su consumo y del ser artista. Es el recuerdo y a la vez la caracterización de un grupo de artistas que se trasladan a Salta, donde recrean tipos humanos y paisajes, emprenden una empresa estética nunca antes ensayada en estas latitudes, incentivando a propios y extraños en aventuras editoriales, exploración de territorios hasta ese momento desestimados, alentando la apertura a una nueva subjetividad y sensibilidad artística que emerge con la Segunda Guerra. A la llegada de los hermanos Bernabó, (uno de ellos el inefable, Carybé), Luis Preti, Raúl Brié y la musa inspiradora del grupo, Gertrudis Chale, arrastrarán en su pasaje sensible al chaco salteño a Manuel J. Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegüi y a Carlos Luis “Pajita” García Bes, entre otros cofrades de la hermandad delicada. Se recrea en estas páginas la estancia en Tartagal, en Chicoana y los innumerables viajes y exposiciones entre Buenos Aires, el norte argentino y países vecinos. Es innegable la poderosa influencia que ejercieron en Castilla, Carybé y Chale, (y es innegable también que de todos ellos era Manuel quién trabajaba viajando y tomando de estas experiencias los motivos para su escritura periodística, a la vez que ahondaba en el conocimiento de lo que iba definiendo como propio de su expresión). Hay una anécdota que no se cuenta, porque recién ahora surge de investigaciones y de una escrupulosa lectura de periódicos de época: es el Dr. Rafael Villagrán, quién trabajaba en el Ministerio de Salud de la Provincia, el que lleva al curtido y experimentado Carybé, a orillas del Pilcomayo para que realice unos retratos de pobladores originarios para ser expuestos en Salta, en una suerte de primer PowerPoint para los profesionales de la salud en la ciudad; a partir de allí ya nada podrá detener al grupo en su expedición. Algo de etnografía habría en aquellos viajes pero entendemos que no es tarea de artistas ni la crónica, ni el estudio antropológico, por lo mismo, es posible estar en desacuerdo con Clifford Geertz, y la significación cultural que le otorga a las obras artísticas.
Puede entenderse que la acción de este grupo se afirma en un valor burgués; excluyendo a Castilla y Anzoátegüi, el resto conforma un grupo exógeno que viene a establecerse precariamente y a redefinir lo que se entendía como plástica local, su extrañamiento viene a reforzar el privilegio burgués de captar lo excepcional; cuentan con la técnica, el saber y la posibilidad económica para realizar la operatoria: definen qué es lo observable como materia sensible, el indio chaqueño. El grupo ordena lo extraño y ejerce un esteticismo excluyente al conferirle valor a lo que encuentra a su paso, esa será la forma que tendrá el consumidor de arte a futuro para asegurarse que el producto adquirido proviene de una fuente genuina e inobjetable. Ejemplifica esta situación lo expresado en el número 3 de la revista Ángulo, de septiembre de 1945: “…No exageramos al afirmar que en los últimos veinte años, la dedicación a la pintura por parte de diletantes y artistas, ha sido poco menos que nula. Se podría contar con los dedos de una mano las personas a quienes les interesó poseer no una cultura plástica, sino apenas una información… Hoy ha comenzado a estudiarse esa maravillosa expresión del espíritu. Por ello, como consecuencia de una sutil penetración en los misterios del arte, ha surgido una capacidad de apreciación, un “clima” espiritual que era indispensable. La permanencia prolongada de artistas eruditos, por una parte, y la bibliografía sobre pintura han devenido, si no en una obra de creación, en una disposición generosa del espíritu para todo lo que fuera una verdad pictórica”. La recreación del relato de aquellos días ya lejanos y el consiguiente valor conferido al grupo actualiza la legitimidad que alcanzó aquel puñado de artistas.
El ensayo recupera la figura y el valor plástico de José Casto, quién se destaca por sobre el grupo de “diletantes”, (Mariano Coll, Guillermo Usandivaras, Papi), como aquel que sin pertenecer a la elite local, y que por su trabajo y conocimiento acumulado, logra ocupar un lugar notorio en los años de gestación del campo artístico. Recordamos aquí que fue Casto, quién alentó los primeros pasos de Castilla, en la poesía. Fue él quién ayudó a la madre del poeta, Mama Lola, a imprimir y coser lo que sería Adolescencia, su primer libro artesanal y quién ilustrara las primeras colaboraciones que publicara en El Intransigente.
El capítulo dedicado a los imaginarios de alteridad es el que condensa el entramado conceptual que posibilita entender cómo se ha logrado la operatoria social de construcción y difusión de la imagen del indoamericano perteneciente al territorio del chaco salteño y cómo se realizó y qué antecedentes inmediatos posibilitaron la experiencia del grupo fundador de la modernidad plástica en Salta.
Cabe señalar el valioso aporte documental que realiza el libro al dar a conocer fuentes no divulgadas hasta ahora, entendiendo que cada vez que se publica una imagen de texto, esta tiene un valor documental y no meramente un fin didáctico o ilustrativo. Igualmente, sabiendo del acotado margen que deja el diseño para las reproducciones, lamentamos que no se haya reproducido en un formato más visible el óleo La prueba del calostro, de Carybé, en tanto es el ejemplo más persuasivo del ensayo y que se propone reconsiderar las representaciones de los tipos sociales de la región, este cuadro conserva toda la exuberancia de una vida idealizada integrada a la naturaleza. El lector de este libro se encuentra ante una reflexión académica y no con un catálogo o muestrario iconográfico, por lo tanto es entendible cualquier posible descompensación entre imágenes y palabra: el libro es fruto de un esfuerzo de edición por ilustrar una densidad argumentativa pocas veces desarrollada en los libros de arte local.
El texto viene a suplir una falta de relatos e interpretaciones sobre la época, sus actores, las rupturas y continuidades existentes en el terreno artístico; por las herramientas teóricas utilizadas supera en su claridad expositiva lo que sería un simple panorama de la vida plástica salteña. La publicación reelabora la investigación realizada por la autora para su tesis de licenciatura. Cabe destacar aquí que por el aparato crítico utilizado, el corte temporal propuesto y sus indagaciones ideológicas, este libro puede ser incluido en la serie de estudios sociales elaborados en los últimos años por la Universidad Nacional de Salta, en su Escuela de Antropología más precisamente, y que en conjunto examinan las condiciones de posibilidad de las representaciones sociales salteñas en la primera mitad del siglo XX, (me refiero específicamente a la tesis doctoral de Sonia Álvarez, y las tesis de grado de Mónica Flores Klarik y Andrea Villagrán, cuyos aportes a una historia social de Salta se encuentran en el recientemente editado Poder y Salteñidad).
Galería FEDRO se ha propuesto desde hace algo más de una década no solo la promoción de jóvenes artistas, ha decidido intervenir en la elaboración de un aparato crítico que reformule las prácticas y reinterprete la creación a través de clínicas, talleres, conferencias, seminarios y publicaciones. El primer libro editado en 2005 por esta factoría de arte se llamó, Pintura Contemporánea Salteña, Doce muestras. Salta 1930 – 1960 es su segunda entrega; esperamos que este espacio dirigido por María Laura Buccianti y Roly Arias continúe su incesante producción en beneficio no solo de las futuras generaciones, sino para quienes somos sus coetáneos y depositarios actuales de su genuino interés artístico.

*“Querido Carybé, aquí nos tienes: Luis, Rulo y yo en medio de los arenales, de los perros flacos y sarnosos -de otros perros gordos y plácidos- bajo un cielo de pobres celestes.” Gertrudis Chale

viernes, 17 de junio de 2011

Los Morandini

















Los Morandini, de los de siempre. La foto es de aquellos días ya lejanos en la casa de la calle Arenales; entonces, todos éramos candidatos a ser lo que cada uno es ahora, y no lo sabíamos.
Por cualquier malentendido.

viernes, 3 de junio de 2011

Anti-metafísica para salteños



















En aquellos días ya lejanos, Federico Engels, escribió La Subversión de la Ciencia por el Señor Eugenio Dühring, para exponer con ánimo crítico las tesis del materialismo dialéctico y el socialismo científico. Engels, cuando analiza las ciencias naturales y la sociología bajo los fundamentos de la teoría que está componiendo junto a Carlos Marx, lo que hace es defender sus posiciones de especulaciones metafísicas, de las ambigüedades del idealismo y del consecuente oportunismo político. El libro se conoció con el nombre de El Anti-Dühring, y es una herramienta que pulveriza toda posibilidad de construcción revolucionaria en una sociedad que se cobije bajo subjetividades o abstracciones y pierda la orientación decidida de la ciencia. En mi juventud era un libro que leía con fruición, destrozaba inocencias dentro y fuera de la política. En aquel tiempo podía vivir con ciertas dosis de relativismo moral y estético, estaba en la búsqueda de certezas. El idealismo ocupaba aún largas extensiones en mi pensamiento y solía acudir como argumento junto con el dolor o cuando débil, tomaba a mis sentidos como única fuente perceptible de realidad. Con los años dejé algunas lecturas tenaces y me propuse escribir, cosa que ya hacía pero sin conflictos, en la confusión lo hacía alegremente.
Días pasados, mi amigo, Orlando El Jetón Agüero, me regaló su versión del monólogo de Galileo ante el tribunal, por Bertold Brecht. Una obra excepcional de un escritor revolucionario, es decir, útil. El Jetón, se había tomado el trabajo de acomodar en versos aquel fragmento de la obra. Con su lectura descubrí la vigencia del pensamiento crítico en algunos jujeños; mi viejo apego por el luminoso autor y luego, inmediatamente, la actualidad de la amistad. Una ligera distorsión formal hacía del discurso de Galileo, una versión lírica del Anti-Dühring. Su lectura resulta eficaz a la luz de la siesta, ese momento del día cuando los iluminados no pretenden refutar las cosas sino más bien ignorarlas.
Un pueblo incrédulo y piadoso viviría en la ingenuidad y sería tan peligroso como otro que viviera de su fe y la crueldad. En mi caso particular, vivo casi sin devociones y entiendo que el goce intelectual también es trabajo, aunque irrite. Lo demás, es silencio.


(El texto que sigue es un fragmento de “Galileo Galilei” (1947), obra del poeta y dramaturgo alemán Bertold Bretcht).

GALILEO

El cultivo de la ciencia exige,
me parece,
un coraje excepcional.

La ciencia comercia con un saber obtenido por medio de la duda.

Ahora bien,
los príncipes,
los clérigos y los grandes señores se han ocupado
de mantener a la mayoría del pueblo en una nebulosa
de mentiras y supersticiones destinadas a ocultar
sus propias maquinaciones.

La miseria de la gente es vieja como las montañas,
y desde el púlpito y la cátedra se predica
que también es tan indestructible como las montañas.

Por eso nuestro nuevo arte de la duda cautivó a las multitudes.

Nos arrancaron el telescopio de las manos y con él
enfocaron a sus opresores.

Y de pronto,
aquellos hombres egoístas y brutales
que se aprovechan ávidamente
de los frutos del trabajo científico,
sintieron
que la fría mirada de la ciencia los detectaba y
denunciaba
una miseria milenaria
pero artificial,
que podía fácilmente ser eliminada
si se los eliminaba a ellos mismos.

Nos cubrieron entonces de amenazas
y sobornos,
que resultaron irresistibles
para las almas débiles.

¿Pero acaso podemos negarnos al pueblo y al mismo tiempo
ser hombres de ciencia?

Los movimientos de los cuerpos celestes son ahora más fáciles
de calcular,
pero los pueblos no pueden todavía calcular
el movimiento de sus señores.

La lucha por medir el cielo ha sido ganada,
pero las madres del mundo siguen siendo derrotadas día a día en la lucha
por conseguir el pan de sus hijos.

Y la ciencia debe ocuparse de esas dos luchas por igual.

Una Humanidad que se debate en las tinieblas de la superstición y la mentira,
y es demasiado ignorante para desarrollar sus propias fuerzas,
no era capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza que
ustedes
los científicos descubren
y le revelan.

¿Con qué objetivo trabajan ustedes?

Mi opinión es que el único fin de las ciencias consiste en
aliviar
la miseria de la existencia humana.

Si los científicos se dejan atemorizar
por los tiranos
y se limitan a acumular el conocimiento
por el conocimiento mismo,
la ciencia se convertirá en un inválido,
y las nuevas máquinas sólo servirán para producir
nuevas calamidades.

Tal vez, con el tiempo, ustedes lleguen a descubrir todo
lo que hay para descubrir,
pero ese progreso sólo los alejará
más y más de la Humanidad.

Y el abismo entre ella
y ustedes,
los científicos
puede llegar a ser tan profundo que
cuando griten de felicidad
ante algún nuevo descubrimiento,
el eco les devolverá
un alarido
de espanto universal.

viernes, 29 de abril de 2011

#2666


















Leí pocas obras de Roberto Bolaño y casi todas me gustaron: Los Detectives Salvajes, El Tercer Reich, El Secreto del Mal, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce y esta última 2666 que reseño para mi ávido lector imaginario, a siete años de su primera edición, ahora que pude adquirirla en una casta librería del norte argentino. Leí Consejos de un discípulo… en algún momento de fines de los 80 o comienzos de los 90 en Córdoba, en la casa del jujeño Manuel Hernández, El Manu, que tenía el libro sobre su mesa de luz como quién cría una mascota peligrosa a la que no deja de admirar todas las noches antes de echarse a dormir. Diez años después leí un grupo de poemas de juventud publicados en internet y tiempo más tarde volví a leer esos mismos poemas corregidos más algún otro, en un libro que hojié en la casa del realvisceralista Pedro González, una vez que este me invitó a almorzar. Eso es todo lo que leí de Bolaño. No leí la galaxia crítica que seguramente orbita alrededor de su obra; y no la leo a propósito porque es evidente que este autor va a dar muchísima tela para cortar y siempre es bueno tener opiniones propias y ejercer un punto de vista personal. La noticia de su muerte me llegó como un baldazo de agua fría antes de que pudiera internarme un poco más en su lectura y dejara de ofrecerle resistencia al fenómeno. Un buen día ya no hubo más Bolaño y había que contentarse con el aparato crítico y la exhumación de sus papeles personales, (las notas a 2666, en cuanto herederos y editores se pongan de acuerdo pueden llegar a convertirse en otro suceso editorial). Luego, no deje pasar las reseñas en los diarios ante la aparición post mortem de sus libros. Nunca imaginé que podía ser un autor imprescindible.
Rodrigo Fresán, exagera y establece un listado de creadores para definir la filiación y genealogía de esta obra; fija una serie de nombres que propician su tradición: Cervantes, Sterne, Melville, Proust, Musil y Pynchon. El propio Fresán aparece en el primer libro o capitulo de 2666 en un momento de rara inspiración en Kensington Gardens, (una escena becketiana o de un Beckett tamizado a lo Auster); con esta ya le he contabilizado, al menos, dos apariciones como personaje literario a Fresán, la otra es en Río Fugitivo, de Edmundo Paz Soldán. Ignacio Echevarría, habla de “una obra inacabable más que inacabada”, y el sabrá porqué, ya que es el mascarón de proa editorial de los libros de Bolaño, señalando faltas, enmendando errores, siempre con sugerencias, corrigiendo y editando esto o aquello tal cómo debería comportarse un hombre consagrado a la obra de un poeta mayor. Alguien más ha dicho que con este libro, Bolaño es el primer clásico del siglo XXI, lo cual resulta aventurado, conjeturas así desalientan.
Yo leo en el libro un sentido homenaje a Alfred Döblin, a su Berlín Alexanderplatz; aunque referencias dentro de 2666 abundan y planean como satélites al menos una decena de novelas corales o arbóreas, de las cuales aprendió un poco de técnica y largo aliento, (la absoluta confianza en lo que hace y cómo lo hace es enteramente suya): La Colmena, La Casa Verde, Moby Dick, En Busca del Tiempo Perdido, Ulises, Adán Buenosaires, Los Miserables, El Arco Iris de la Gravedad y siguen firmas. Resulta divertido inscribirlo en un pasado reconocible. No sé qué pensaba Rodolfo Fogwill, del asunto si es que lo pensó. Conozco la mesurada o celosa opinión de Piglia, y creo, que César Aira, optó una vez más por el silencio.
Leí la novela en un período de 26 días, en medio estuve cuatro días sin poder leer por culpa de una infección que casi me cuesta la vida, y de la que logre salir al cabo de una internación en la cual padecí la humillación que provocan zondas, catéteres y burócratas, me asomé con ojos abiertos alos abismos del dolor. Presencié por primera vez la muerte de un hombre, un viejo que era como un arbolito seco acostado junto a mi camilla en el hospital público; al momento de expirar alzó su pecho como si le fuera a salir un alien y luego abrió los ojos que eran unos globos celestes encerrados en un acuario empañado por algas y un musguito amarillo; lanzó un gemido como un lamento y eso fue todo porque el aparato al cual ambos estábamos conectados comenzó a emitir un pitido insoportable y a parpadear una pequeñísima luz blanca al borde de la pantalla. En cuanto recuperé fuerzas y pude sostener el libro de 1125 páginas en mis manos, continué con la lectura hechizado por su belleza.
Bolaño, tiene el raro privilegio de haber creado una obra literaria que en conjunto conforma una unidad casi orgánica, como si se hubiera lanzado a escribir desde el primer día una sola y larga naturaleza de la novela, colmada de personajes, cada uno con su historia desplegada sobre una cartografía desesperada; novela de novelas y de poetas con y sin poemas, misceláneas donde abundan epifanías, anécdotas y citas abigarradas en una arquitectura necia para los hombres huecos que habitan sus discursos; diálogos cómo grabados en vinilo que saltan abruptamente de surco y avanzan, repiten o retroceden sin cuidado por lo que dicen o como habiendo sopesado mucho antes la situación y las palabras, en otro disco, inhallable, con voces precisas y firmes; diálogos mucho más densos que entre gente drogada, diría más bien, entre gente intoxicada. Para sorpresa de algunos compatriotas, puede sobreponerse a Borges y a Canetti, ¡al mismo tiempo! y continuar narrando sin problemas. Agrada su habilidad para hacer de la literatura un mecano que desmonta y vuelve a recrear. Impresiona tanto su estilo, (más seco que un trago de Salinger & Carver, más lúcido que muchos norteamericanos juntos y tan espeso como cualquier latino), lo que espanta de sus páginas es la enorme objetividad y desaprensión que alcanzan.
2666, sin embargo me parece tributaria más de una pasión cinematográfica (más aún que Los Detectives Salvajes), que de una pasión literaria. Más tributaria de David Lynch que de Proust, un pulp intelectual a cargo de Tarantino y Robert Rodríguez más que el horror examinado por Pynchon. Un guión corregido por Sam Shepard después de un largo año de excesos.
Los crímenes de Santa Teresa, (Ciudad Juárez), son el telón de fondo de una sutil trama literaria que va descubriendo vida y obra del indolente Benno von Archimboldi. Obra abierta a múltiples finales, dónde el final se revela perturbadoramente sin importancia, narrando las fronteras del capitalismo, ahora sí, definitivamente salvaje; su mar de horrores dónde descansa el mito del hombre contemporáneo cobijado en la apatía, paseando distraídamente su abulia por una galería de cuadros atroces. Pero esto no quiere decir nada ante el encanto a veces un poco difícil de este libro. Que quede claro, no es un libro anticapitalista, solo narra una de sus crueles aristas.
¿Qué cuál es la parte del libro que más me gusta? De un libro tan extenso resulta inapropiado extraer unas cuantas líneas que justifiquen gusto y admiración, puedo señalar como una de los tantas escenas memorables que tiene aquella en la que Archimboldi, pretende alquilar una máquina de escribir para terminar su primer libro y quién se la alquila le confiesa que ha sido escritor, un escritor que abandonó la literatura porque se dio cuenta que nunca va a lograr escribir una obra maestra: “Antes de que Archimboldi se despidiera de él, después de beber una taza de té, el hombre que le alquiló la máquina de escribir le dijo: -Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla.”
Para los amantes de la experiencia por sobre la tarea, el libro da testimonios desgarradores, cada tanto se lee el pedido de más tiempo en alguno de los personajes que componen la vasta trama. Literalmente Bolaño, terminó de escribir 2666 con el hígado en la mano en una carrera final contra la muerte, quiso asegurar el futuro económico de sus descendientes, que no heredaran el infortunio de su familia, le pidió a sus hijos que no sigan el oficio de escritor, es ingrato, les dijo y luego, también a él le parpadeó una luz al borde de la pantalla como una estrella distante.

miércoles, 23 de marzo de 2011

La Batalla Cultural
























Hay un viejo prejuicio porteño, aunque muy extendido, incluso entre extranjeros: Latinoamérica comienza en Córdoba. Algunos cordobeses perfeccionan el prejuicio y dicen que Latinoamérica comienza en Santiago del Estero. Hace ya muchos años con mis padres, norteños ellos como todos mis abuelos, fijábamos, en joda, el límite subcontinental en algún arroyo cerca de San José de la Dormida; recuerdo que en los veranos siempre festejábamos al pasar en auto por el pueblo, “que ya estábamos en casa”. ¿Era Enrique Banchs, el autor intelectual de la maniobra discriminatoria? ¿O fue Ricardo Rojas? ¿Lugones? Pero Lugones, no. Lugones era santiagüeño o cordobés, según se quiera. Rojas y Güiraldes podrían serlos pero un sentido de pertenencia aristocrático en ellos los exime de cualquier sospecha. O tal vez era Sarmiento, nomás, por aquello de los “trece ranchos”, ¿o eran “once”? Era Enrique Banchs. Sí, Banchs, da justo con la medida de las cosas nuestras que afirmamos naturalmente. Era Banchs, que nunca terminaba por aceptarnos y nosotros nunca por comenzar a leerlo. Semejante barbaridad debía ser obra de un poeta.
En 1981 Ernesto Guevara Lynch, da a publicidad en su libro, Mi hijo, el Che, un diario de viajes que titula Viaje de Ernesto por el norte argentino. Anota para la posteridad: “En mi casa de la calle Arenales hace poco tiempo descubrí por casualidad dentro de un cajón que contenía libros viejos, unas libretas escritas por Ernesto. Comencé a hojearlas. La más gruesa de ellas, en forma de cuaderno, con sus tapas muy desgastadas evidenciaba haber viajado mucho. Dentro, la peculiar letra de Ernesto saltaba a la vista. Era un diario de viaje y su escritura trazada con lápiz. Ese diario evidentemente lo acompañó durante el trayecto que él describe y el continuo roce de hoja con hoja, en algunas partes deterioró tanto la escritura que es poco menos que imposible leerla. No obstante, me propuse hacerlo y he conseguido, salvar del olvido lo que dice dentro.”
Mientras escribo estas notas para un improbable artículo, pienso que ya, al menos, somos cuatro generaciones en mi familia en ir y venir por ese camino que une Argentina con Latinoamérica, o mejor, que hace de Argentina la continuación de la nación sudamericana. Es un viejo camino para más de cuatro generaciones. Toda la vida se nos fue en un ir y venir por ese corredor que, si alguna vez llegaran los días en que se disperse por fin la tristeza, el mal, la pena, será, pienso, por este camino anhelante, y justificará la espera y el cansancio. Será La Gran Salina, de Zelarayán; el Camino Real iluminado por los ciegos de Concolocorvo; la huella de Yupanqui y de Cafrune; la ruta del éxodo, el exilio y el regreso; el enlace indispensable para los planes de Santucho; el paso del contrabando; la ruta directa a los campos de la batalla cultural.


Anota el joven Guevara: “El camino a la salida de Tucumán es una de las cosas más bonitas del norte: sobre unos veinte kilómetros de buen pavimento se desarrolla a los costados una vegetación lujuriosa, una especie de selva tropical al alcance del turista, con multitud de arroyitos y un ambiente de humedad que le confiere el aspecto de una película de la selva amazónica. Al entrar bajo esos jardines naturales caminando en medio de lianas y de helechos y abrumado de ver cómo se ríe de nuestra escasa cultura botánica, esperamos en cada momento oír el rugido del león, ver la silenciosa marca de la serpiente o el paso ágil de un ciervo… y de pronto se escucha el rugido, pero se reconoce en él el canto de un camión que sube la cuesta. Parece que el rugido rompiera con fragor de cristalería el castillo de mi ensueño y me volviera a la realidad. Me doy cuenta entonces de que ha madurado en mí algo que hace mucho tiempo crecía dentro del bullicio ciudadano: el odio a la civilización (…) Vuelvo al camino y continúa la marcha. A las once o doce llego a la policía caminera y paro un poco a descansar, en eso llega un motociclista con una Harley Davidson nuevecita, me propone llevarme a rastra. Le pregunto la velocidad. “Y, despacio lo puedo llevar a ochenta o noventa”. No, evidentemente ya he aprendido con el costillar la experiencia de que no se puede sobrepasar los cuarenta kilómetros por hora cuando se va a remolque, con la inestabilidad de la carga y en caminos accidentados. Rehúso, y luego de dar las gracias al agente que me convidara con un jarro de café, sigo apurando el tren para llegar a Salta en el día. Tengo por delante doscientos kilómetros todavía. Cuando llego a Rosario de la Frontera hago un encuentro desagradable, de un camión bajan la motocicleta Harley Davidson en la comisaria. Me acerco y pregunto por el conductor. Muerto es la respuesta. Naturalmente el pequeño problema individual que entraña la muerte de este motociclista no alcanza a tocar los resortes de las fibras sensibleras de las multitudes, pero el saber que un hombre va buscando el peligro sin tener siquiera ese vago aspecto heroico que entraña la hazaña pública y a la vuelta de una curva muere sin testigos, hace aparecer a este aventurero desconocido como provisto de un vago “fervor” suicida. Algo que podría tornar interesante el estudio de su personalidad, pero que lo aleja completamente del tema de estas notas.”
Recuerdo una noche volviendo de Salta a Córdoba: soy apenas un niño, mi padre va manejando y levanta a dos mochileros en Loreto, vamos los tres hermanos semidormidos en el asiento trasero, no nos intimida su presencia, mis padres parecen de buen humor, nos vamos durmiendo y uno de ellos saca de su mochila una frazada y nos cubre. Cuando despertamos los viajeros se bajan en una plaza de Alta Córdoba sobre Avenida Fragueiro, saludan alzando las manos. También recuerdo otro viaje, sucede pasados algunos años de la escena anterior: venimos de Córdoba a Jujuy, cruzamos Tucumán de noche, llueve, un retén militar nos detiene, por debajo de la capotas asoman los FAL, mis padres bajan las ventanillas y apoyan desde afuera los caños sobre el vidrio, tengo un terror atroz que puedan saber lo que pensamos de ellos con solo mirarnos a los ojos, nos sometemos a la ritual vejación, nadie adentro dice nada, todos mostramos nuestros documentos.


Continúa el joven Guevara: “Entrada la noche subo la última cuesta y me encuentro frente a la magnifica ciudad de Salta. Debe anotarse el hecho de que da la bienvenida al turista la geométrica rigidez del cementerio. Me presento al hospital y me presento como un estudiante de Medicina medio pato, medio raidista y cansado. Me dan como casa una rural con mullidos asientos y encuentro la cama digna de un rey. Duermo como un lirón hasta las siete de la mañana en que me despiertan para sacar el coche. Llueve torrencialmente y se suspende el viaje. Por la tarde a eso de las dos, para la lluvia y me largo hacia Jujuy, pero a la salida de la ciudad había un enorme barrial provocado por la fortísima precipitación pluvial y me es imposible seguir adelante. Sin embargo consigo un camión y me encuentro con que el conductor es un viejo conocido, él seguirá hasta Campo Santo a buscar cemento yo proseguiré la marcha por el camino llamado La Cornisa. El agua caída se juntaba en arroyitos que bajando de los cerros cruzaban el camino yendo a morir al Mojotoro, que corre al borde del mismo; no era éste un espectáculo tan imponente como el de Salta en el río Juramento, pero su alegre belleza tonifica el espíritu. Luego de separarse de este río, entra el viajero en la verdadera zona de La Cornisa, en donde se enseñoreaba la majestuosa belleza de los cerros empenechados de bosques verdes. Las abras se suceden sin interrupción en el marco del verdor cercano y se ve entre los claros del ramaje el llano visto a través de un anteojo que da otra tonalidad. El follaje mojado inunda el ambiente de frescura, pero no se nota esa humedad penetrante agresiva de Tucumán, sino algo más naturalmente fresco y suave. El encanto de esta tarde me transporta a un mundo de ensueño, un mundo alejado de mi posición actual, pero cuyo camino de retorno yo conocía bien y no estaba cortado por esos abismos de niebla que vuelan a los reinos de los sueños. Hastiado de belleza, como de una indigestión de bombones, llego a la ciudad de Jujuy, molido por dentro y por fuera y deseoso de conocer el valor de la hospitalidad de la provincia. ¿Qué mejor ocasión que este viaje para conocer los hospitales del país? Duermo magníficamente en una de las salas, pero antes debo rendir cuenta de mis conocimientos medicinales; munido de una pinza y un poco de éter me dedico a la apasionante caza de pájaros en la rapada cabeza de un chango. Su quejido monocorde lacera mis oídos como un fino estilete, mientras mi otro yo científico cuenta con indolente codicia el número de mis muertos enemigos. No alcanzo a comprender cómo el negrito de apenas dos años pudo llenarse en esa forma de larvas; es que queriendo hacerlo no sería fácil conseguirlo. Me meto en cama y trato de hacer del insignificante episodio una buena base para mi sueño de paria. El nuevo día me alumbra y me invita a seguir el ronroneo mimoso de mi bicicleta (…) inicio el regreso por el camino del bajo que me lleva a Campo Santo, nada digno de mención sucede en este lapso y sólo es digno de destacar la maravilla del paisaje en la Cuesta del Gallinato, mejor aún las vistas aquí que en La Cornisa, porque se abarca más con la mirada y esto le da un aspecto de grandeza que pierde un poco la otra.”
¿Alguien recuerda a Alberto Burnichón? ¿Qué fue del estudiante aquel que pidió al chofer del Panamericano, que lo bajara en la Salina Grande? ¿Alguien sabe qué fue la vida del flaco de larga melena y lentes que fumaba cigarrillo tras cigarrillo, siempre alegre y pensando? ¿Alguien conoce Cabeza de Buey, donde tiraron sus huesos? ¿Y del camión que se abismó pasando El Cadillal? ¿Alguien recuerda por todos nosotros el lugar donde desbarrancó Ricardo Meyer y su familia? ¿Fue más allá o más acá del Ucumar? ¿Alguien recuerda el camino entrando al pueblo de Pampa Blanca y la esquina donde doblaba la ruta? ¿Recuerdan ese caserón de adobe y piedra? ¿Y de los hindúes bañándose en el río? ¿Y de las camionetas de Zapla ganando la ruta? ¿Saben del alivio de llegar a Ojo de Agua?
Continúa el joven Guevara: “Llego a Salta a las dos de la tarde y paso a visitar a mis amigos del hospital, quienes al saber que hice todo el viaje en un día se maravillaron, y entonces viene la pregunta de uno de ellos. Una pregunta que queda sin contestación porque para eso fue formulada (…) La verdad es que, ¿qué veo yo? Por lo menos no me nutro con las mismas formas que los turistas y me extraña ver en los mapas de propaganda de Jujuy, por ejemplo: el Altar de la Patria, la catedral donde se bendijo la enseña patria, la falla de púlpito y la milagrosa virgencita de Río Blanco, la casa en que fue muerto Lavalle, el Cabildo de la Revolución, etc. No, no se conoce así un pueblo, una forma y una interpretación de la vida, aquello es la lujosa cubierta, pero su alma está reflejada en los enfermos de los hospitales, los asilados en las comisarias o en el peatón ansioso con quién se intima, mientras el Río Grande muestra su crecido cauce turbulento (…) Pero todo esto es muy largo de explicar y quién sabe si sería entendido. Doy las gracias y me dedico a visitar la ciudad que no conocí bien a la ida. Al anochecer me arrimo a la dotación policial que está a la salida de la ciudad y pido permiso para pasar la noche allí. Mi idea es tratar de hacer la parte montañosa en camión para salvarme de esas penosas trepadas en los malos caminos, vadeando ríos y varios arroyos crecidos, pero me desaniman pronto, es muy sabido que es muy difícil que pase un camión, ya que todos pasan temprano para llegar a Tucumán el domingo de mañana. Resignado me pongo a charlar con los agentes y me muestran el famoso Anopheles hembra, en cuerpo presente, el largo animal estilizado y grácil no me hace el efecto de ser el poseedor del terrible flagelo palúdico. La luna llena muestra su exuberancia subtropical, lanzando torrentes de luz plateada que dan una semipenumbra muy agradable, su salida aumenta la verborragia de la gente, quién se explaya sobre consideraciones filosóficas para caer en un cuento de un aparecido: (…) oyó el otro día galope de caballadas y ladridos de perros y salió con la linterna y el revólver y se apostó estratégicamente, pasó nuevamente la caballada acompañándola el ladrido de los perros y tras su bulla, como explicación, apareció un mulo negro de inmensas orejas que parsimoniosamente seguía a la tropa. El coro de ladridos aumentó en intensidad y nuevamente la tropilla escapó ruidosamente. El mulo, indiferente, enderezó con rumbo nuevo y al enorquetarse la luna (…) sintió un frío agudo que le recorría el espinazo. Interrumpió el agente viejo a su compañero con esta sabia sentencia: “Debe ser un ánima que está con el mulo”. Como receta aconsejó la muerte del animal para liberarlo (...) Los tres quedamos pensativos mirando la luna que mostraba toda su magnificencia. La fresca noche salteña se llenó de música de sapos y arrullado por sus cánticos hice un sueñito corto.”
Esta es una síntesis de la mirada retrospectiva que Ernesto Che Guevara, escribiera de su viaje por el norte argentino en 1950. A mediados de 1953, vuelve a pasar por la provincia de Jujuy rumbo a Bolivia junto a su amigo Calica Ferrer, y descansa unos días en La Quiaca; desde allí escribió a un primo suyo al que le vendió unas camisas de seda para financiarse el viaje, el hecho está referido en su diario inédito Otra vez, que conservó su viuda Aleida March. Debió ser conmovedor para el padre el momento aquel en que recuperó los viejos escritos; aún hoy provocan en quién los lee, un ligero desasosiego, una vaporosa melancolía. El biógrafo Jon Lee Anderson, cita mal y abunda en un equívoco sobre estos pasajes guevarianos: a la Virgen de Río Blanco y Paipaya, la entroniza como “de Río Blanco y Pompeya”; y así cuando el joven Che, menciona al Río Grande mostrando su “crecido cauce turbulento”, para el norteamericano es el momento de ajustar la realidad, y cita: “así como el Río Bravo muestra la turbulencia de su crecida desde abajo…”, y persiste en la interpretación de su propia invención: “La enigmática referencia al Río Bravo es significativa: no es uno de los cursos de agua que cruzó durante su viaje sino, desde antaño, la línea divisoria simbólica entre el norte rico y el sur pobre, la frontera entre Estados Unidos y México. Ésta es la primera, vaga noción de una idea que llegaría a obsesionarlo: que Estados Unidos, expresión de la explotación neocolonialista, era en última instancia el culpable de que se perpetuara la situación deplorable que veía entorno”. Así las cosas, su texto sigue en violentas consideraciones sobre un territorio al que no logra captar en toda su extensión y significado. Por lo mismo he querido recordar, más que una odisea, un esforzado paseo en bicicleta tras un sueño vital en una región de lucha. Un recuerdo puesto en palabras para que no se ahogue en la silenciosa ciénaga del olvido; por si llegado el caso, la memoria sea estrategia y la táctica, una página escrita.

domingo, 27 de febrero de 2011

Dávalos y las drogas



En el prólogo a sus tempranos, Cant
os Agrestes, Juan Carlos Dávalos, expresa taxativamente lo siguiente:

Si la liberación de dolor relativo nos proporciona un relativo goce, yo afirmo que escribir versos es un placer.
Los que confiesan, con displicencia, que sus versos son producto de sus ratos de ocio, dicen una gran mentira, o no saben lo que dicen, o no debieran de haber escrito. La poesía no es un juego de niños. Yo he puesto en estos versos toda mi alma, mis cinco sentidos, mis horas más íntimas y más bellas, mis alegrías más caras, mis pesares más hondos. No los escribí tampoco por puro amor a lo bello, por hacer arte. No soy ni quiero ser poeta de profesión. En efecto, no bebo vino, ni ajenjo, ni me inyecto morfina para que la vida –ya de suyo trágica- se me aparezca como un delirio de beodos. Admiro la obra de los genios desequilibrados, el amargo pesimismo de algunos. Pero creo que un poeta debe ser un hombre, no una “hoja muerta”; una superior afirmación de humanidad, de belleza y de bien, no una neurastenia más o menos adrede.”

Juan Carlos Dávalos, hijo pródigo de la oligarquía provinciana, no hizo de las drogas tema para su literatura ni para su vida. Salvo, en algún ocasional pasaje de su obra, la referencia al uso de drogas no ocupa su atención ni la de sus personajes; sí posee pasajes que mencionan el uso frecuente de hoja de coca y vino. Queda por realizarse un estudio sobre la función del vino en los textos davalianos, (Jacobo Regen, ha referido que siendo él un niño y asiduo visitante de la casa del patriarca de las letras salteñas, este le decía “andá vos, Pila”, y el pequeño poeta traía arrastrando del almacén, la damajuana y las morcillas). Es imposible concebir un Dávalos que no beba, la exquisita Paráfrasis de Li-Po, nos exonera de cualquier prejuicio y es tan bella y delicada que podríamos decir que estimula a una experiencia sensitiva.

Sin embargo es posible encontrar en su vasta obra un episodio equívoco con la cocaína. Según el mismo Dávalos, su obra no es más que autobiografía, (“Hacer autobiografía no es relatar en primera persona, ni narrar sucesos íntimos en los que fuimos actores o espectadores y que sólo al mismo autor le importan...¿no son realidades vividas las creaciones de la fantasía? Lo son para quién las extrae del fondo de su corazón. Aunque “El Cuervo”, no sea más que una alegoría, una invención, una quimera, ¿está, por ventura, menos fuertemente impreso el sello autobiográfico del soñador genial que fue Edgard Allan Poe?). ¿Cómo entender entonces, la página aquella en la cual Roldán, el buscador de oro, refiere su encuentro con Helena, la jovencita tucumana, diablito amarillo y el lunático Mister Mitler, norteamericano y vicioso?:

Me acuerdo que la tucumanita se reía a carcajadas del macarrónico español de Mitler, y aunque se mostraba enamorada de él, habíase encaprichado conmigo, por ser yo más joven que el yanqui. Aprovechaba astutamente los descuidos de éste para guiñarme un ojo, darme un pellizco o apretarme la mano a hurtadillas. Quizás por orgullo, por despecho, pues la mujercita al fin y al cabo me agradaba, hube de reprimirla en alta voz, denunciando con una actitud franca su juego hipócrita, cuyo objeto, evidentemente, no era otro sino explotarnos a los dos, por turno. Este mi proceder agradó al yanqui, y poniéndonos ambos de acuerdo, nos divertimos a gusto con Helena, hartándola de bombones y caricias, invitándola a cenar en una fonda del Callao y administrándole, por último, una dosis de cocaína que obtuvimos de un contrabandista chino, dueño del figón”.

El asunto con la hoja de coca adquiere otra intención y se expresa con otra frecuencia en el conjunto de su obra. Es el alimento y símbolo cultural inequívoco del sujeto vencido, el indio. En algún pasaje aparece la descripción de su consumo; en varios otros la chullpa o bolsas y los tambores para almacenarla; el rito de su masticación y el uso como ofrenda en las apachetas y en la adivinación. En su literatura funciona de esta manera: si hay coca, hay indios. En algún ensayo aclara que el uso de la coca también se ha hecho costumbre en las clases altas salteñas y entre criollos en general, pero su valor sagrado y como alimento, es reservado al colla.

Deseé encontrar en sus Ensayos biológicos alguna referencia al sebil o cebil, como sustancia alucinógena pero esa referencia no existe a pesar de ser Dávalos, el poeta del cerro San Bernardo, el eterno paseante de sus cebilares, el literato que fumaba en pipa desde la cumbre contemplando su ciudad. Pero es que he deseado tanto de Dávalos, que este sólo puede dar lo que es o ha sido, casi un costumbrista tardío, un hombre más inquieto que delicado, un escéptico que sabía distinguir el idioma de Cervantes de la moral de Monseñor Tavella. He querido saber de otro uso del palán-palán. He querido que este biólogo literario me ofrezca, él también, sus insectos disecados listos para ser aspirados como los sirve Cronenberg, (¿o era Burroughs?) en el Almuerzo desnudo. He querido, finalmente que Dávalos me ofreciera un inventario de drogas más relevante que el de Piglia en Blanco Nocturno, ("a la larga todos confesaban que en el campo no se podía vivir sin consumir alguna poción mágica: hongos, alcanfor destilado, rapé, cannabis, cocaína, mate curado con ginebra, yagué, jarabe con codeína, seconal, opio, té de ortigas, láudano, éter, heroína, picadura de tabaco negro con ruda, lo que se pudiera conseguir en las provincias. ¿O cómo se explica la poesía gauchesca, La Refalosa, los diálogos de Chano y Contreras, Anastasio, El Pollo? Todos esos gauchos volados, hablando en verso rimado por la pampa… "en su ley está el de arriba si hace lo que le aproveche. /Siempre es dañosa la sombra del árbol que tiene leche". Para eso están los farmacéuticos de pueblo con sus recetas y preparados. ¿O no eran los boticarios las figuras clave de la vida rural? Una suerte de consultores generales de todas las dolencias, siempre dispuestos, a la noche por los zaguanes, a traficar con la leche de los árboles y los productos prohibidos"). He deseado, pero no tenía.

Al momento de editar esta página mi amigo Marcelo, me dice que hace ya varios años se utiliza en Ciencias Sociales el texto de Eric Boman, La coca, que hay traducciones de su obra, que es un clásico en las universidades andinas, y se ríe. Yo le digo que igual voy a colgar en mi blog una traducción de ese artículo, hecha por Dávalos; la hizo con un diccionario, le digo, y es mi blog, y además, tengo ganas de probar algo nuevo.

Una traducción de Juan Carlos Dávalos

LA COCA

Del libro de Eric Boman – Antiquités de la Región Andine

La propiedad de la coca más difícil de explicar es la de disminuir en alto grado la necesidad de alimentarse, sin disminución de fuerza, pues permite a los indios soportar grandes fatigas, tales como los largos y rápidos viajes a pie, durante muchos días, y aún semanas, o ejecutar trabajos muy rudos, como el de las minas, casi sin tomar alimento y solamente masticando la coca. Hechos de esta naturaleza han sido constatados por todos los viajeros del altiplano. M. Waddel trata de explicarlos por las dosis demasiado fuertes de azóe que contienen las hojas; pero el azóe contenido en la pequeña cantidad que un individuo consume al día vuelve insuficiente dicha explicación. M. Forbes niega la facultad -por decirlo así- nutritiva de la coca. Dice que él ha observado entre los Aymaras que no usan la coca una resistencia igual a la de aquellos que no la mastican. Cita como ejemplo los soldados del ejército boliviano, en el que la coca está prohibida y que sin embargo dan testimonio de una resistencia maravillosa para las marchas. Compara el vicio de la coca con el del tabaco y otros narcóticos que no son necesarios para el organismo, pero que resulta difícil abandonarlos una vez que uno se envicia. Según mis observaciones sobre este asunto, no puedo de ningún modo admitir las opiniones de M. Forbes, a pesar de la gran experiencia que tiene sobre los indios del altiplano. La ocasión en que mejor pude darme cuenta de las maravillosas propiedades de la coca, fue viajando, en 1901, desde El Moreno a San Antonio de los Cobres, al Acay y a Incachuli. El Juez de Paz de El Moreno había contratado para mí, como guía a un indio viejo que frisaba en los 80 años. Además del salario, debía yo proveerlo de coca; pero según la costumbre del país, habíamos convenido en que él debía llevar su propio avío. El juez me había advertido de esta última condición. Cuando el indio se presentó, le pregunté dónde tenía sus provisiones. Me mostró más o menos dos kilos de charqui de vicuña y tres kilos de frangollo de maíz, el todo envuelto en su poncho y me aseguró que aquello era suficiente para todo el viaje que debía durar unos quince días. Habiéndonos puesto en camino, le ofrecía al viejo indígena una mula sillonera y la aceptó, sin duda para mostrar, a la salida de la villa, a sus relaciones, el honor de que había sido objeto. Pero, una vez en el desierto, prefirió caminar a pie y no quiso seguir en la mula. Anduvo continuamente unos metros delante de la caravana que marchaba al trote. Al pasar los arroyos, sin detenerse, arrojaba al aire las ojotas, las barajaba en las manos con una habilidad singular y pasaba a pie pelado por no mojar sus sandalias. Para volvérselas a poner, avanzaba unos pasos a la carrera y se las calzaba mucho antes de que lo hubiésemos alcanzado. Ni una sola vez observé en él muestra de fatiga; las mulas parecían mucho más cansadas que el guía. Y sin embargo habíamos hecho jornadas de 70 kilómetros. Ofrecí, como es natural, a mi viejo guía, que tomase parte en la comida de los arrieros, pero constaté que él no comía casi nada, solo que masticaba coca todo el día. De regreso al Moreno, después de viajar quince días, estaba tan fresco como al partir. No puede realmente explicarse esta resistencia a la fatiga, sin tomar alimento en un indio de avanzada edad, sin admitir el poder de la coca, de suplir la falta de alimentos.

La Puna argentina puede ser considerada como el límite austral del uso general de la coca. Aunque existan numerosos coqueros en la Quebrada de Humahuaca, en los alrededores de Jujuy y en los valles de Salta, el uso de la coca no está allí generalizado y esta droga no constituye allí un artículo de primera necesidad. En Salta he conocido aficionados a la coca, pertenecientes a la clase elevada, pero no se trata de excepciones. Más al sud en Catamarca y en La Rioja, no hay sino muy pocas personas que mastiquen la coca y ellos son muy comúnmente arrieros mestizos que aprendieron a coquear en sus viajes a Bolivia. No obstante, se dice que el uso de la coca era más difundido en otros tiempos. El uso de la coca se extiende por el altiplano de Bolivia y del Perú, en algunos distritos de Ecuador y de Colombia, así como entre ciertas tribus de la cuenca del río Madre de Dios, en el Alto Amazonas y en las factorías que bordean este inmenso río. El límite septentrional del uso de la coca ha sido objeto de un estudio por parte de M. Ernst, según el cual esta planta es y ha sido, desde tiempos prehistóricos, desconocida en América central. Cuanto a Colombia, los cronistas primitivos hablan de una planta llamada “hayo” que los indígenas mastican con cal viva. En Venezuela todas las especies del género Erythroxilon “coca” se denomina todavía “hayo”, y según Pietro Mártir d’anghiera, los indios de la provincia de Cumaná masticaban hojas de hayo antes de 1530. Sin embargo, no se sabe de modo cierto si se trata del “Erythroxilon coca” o de otras especies del país, como “Erythroxilon cumanense” u “Hondense”. Actualmente el uso de la coca ha desaparecido en Cumaná. En resumen con pocas excepciones, su uso general está hoy limitado a la altiplanicie sudamericana, desde el Ecuador a la Argentina, y en la época pre hispánica esta costumbre parece que no sobrepaso esos límites.

Cuanto a las plantaciones de coca, se encuentran todas ellas en los valles cálidos de las vertientes orientales de los Andes, a una altura de más de 2.200 metros sobre el nivel del mar. Bolivia es el principal país productor (Provincias de Yurucaré, Inquisivi, Yungas, Larecaja, y Caupolicán). Según la estadística oficial de 1904, Bolivia produjo en ese año, 1.569.628 kilogramos de un valor total de 7 millones y medio de Francos. Toda la coca que se consume en Argentina proviene naturalmente de Bolivia. En el Perú se cultiva en los valles de Caravaya, Paucartambo, Santa Ana, Anco, Huancayo, Huánuco, etc. En el Ecuador el cultivo ha sido introducido pero sin gran desarrollo. En Colombia hay algunas plantaciones en Popayán y en Valle de Upar, al pié de la cadena que lo separa de la provincia Venezolana de Santa Marta de Maracaibo. Se ha ensayado el cultivo de la coca en los terrenos bajos, por ejemplo en las riveras del río Solimoes, pero la planta pierde allí sus cualidades esenciales. Como se ve, casi todo el cultivo de la coca se encuentra dentro de los límites del antiguo imperio incásico y la zona en que se usa esta droga coincide casi con los territorios sobre los cuales se extendía el imperio. La coca ha sido, como se sabe, mucho más apreciada en la época de los Incas que hoy en día; su uso era por lo tanto un privilegio de las clases elevadas y jugaba un papel importante en ciertas ceremonias religiosas. En la Puna, el empleo de la coca data también de la época prehispánica; según informes que me dieron en la Rinconada, se hallaron en las sepulturas de los antigales restos de cestos nativos de coca a los que aún hoy se usan para embalar este artículo. Como veremos, los indios de la Puna atribuyen todavía una importancia religiosa a las hojas de Erythroxilon, que constituyen su principal ofrenda a Pachamama y que juegan un papel insustituible en sus ceremonias religiosas.


publicado en El Intransigente, Salta, 1947


jueves, 17 de febrero de 2011

De solo estar



reseñas a De solo estar - El Intransigente, Salta - 1957

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