lunes, 3 de abril de 2017

Vida y Poesía








La conjunción de estos dos términos, Vida y Poesía, nos remite a un proyecto, a la fusión de dos cuestiones inconfundibles. También nos pone en la vía de búsqueda de cierta decencia, cierta virtud. En los grandes poetas se da como un proyecto ético, que se realiza sin preámbulos. Se realiza en los héroes de la política porque con ellos se atan y desatan las cuerdas que sostienen una Nación y son la guía de un Pueblo.  Hay generaciones que lo han intentado todo y es a uno de estos linajes a la que pertenece la vida y la obra de Pedro González.
Conocí a Don Pedro en su oficina de la Galería Buenos Aires apenas comenzado el siglo XXI. Ya el tiempo y la realización de la obra política de Pedro habían dejado de ser efectivas. Se dedicaba a la pedagogía, editaba Claves. En sus páginas reunía misceláneas históricas, escritos políticos, ensayos académicos, entrevistas a poetas y escritores del norte argentino, publicaba poesía, mucha poesía. Me ofreció colaborar. Me entregué con pasión a darle contenido al periódico.
Mientras Claves, sin proponérselo, se acercaba al centro de la gravedad literaria salteña, por peso propio más que por decisión de su editor, Pedro permitió que ejerciera un procedimiento expresivo en notas que llamé ensayos. Aquellos eran textos recargados de intuiciones, emplazados entre observaciones intempestivas y curiosas interpretaciones hiladas con cierto arte en la combinatoria y el disfraz de opiniones ajenas. Es decir, que a una improvisación descarada e irresponsable, él la hizo responsable y moderada. Entregué textos extraños en un estilo irreverente que Pedro no compartía pero alentaba, no tanto a la irreverencia como a que siguiera en la práctica de la escritura. Si con Claves tuvo algún plan en relación a mi escritura pienso que, serenamente, me condujo a que no cayera en la complacencia habitual del escritor de provincias.
Por más de quince años frecuenté su compañía. Escuché atento su conversación de doctrina. Su conocimiento de la Historia y la Poesía hacían del diálogo un sistema afable de ironías, erudición y corrosiva gravedad moral. En su mesa del Bar Tobías se daban cita en torno a su amable e inteligente conversación, intelectuales y políticos, yo concurría como invitado a esas tertulias, aquello fue un privilegio. Defender al peronismo de la mordacidad de los presentes era su especialidad, emocionarse con el recuerdo de unos versos de Martí o Lugones era la culminación de una digresión literaria de la que todos salíamos maravillados y mejorados. ¡Que la leyenda y la inconsistencia del periodismo nos preserven a Pedro de la exposición y de la injusticia de los medios! No creo oportuno la exaltación en metáforas sentimentales para hablar de Pedro González. No quiero faltar el respeto cosificándolo en la polvosa galería de personajes salteños, el ruinoso corredor que oculta bajo engañosos panegíricos el método de un intelectual y la acción de un militante político-cultural. Porque así es como yo lo vi. Así es como sentí la compañía de este hombre cuyo pensamiento no divagaba y que buscó provocar en el otro un acto y una idea útil.
Siempre me decía que estaba releyendo a Nietzsche. Yo le decía que releía a Joyce. Pedro tenía una forma muy interesante de leer a Joyce, leía en su prosa una forma de revertir la situación colonial en el lenguaje, un incierto humanismo y una formidable operación enciclopédica para conservar belleza. Me permitió publicar en su revista una traducción de Chamber Music y algún artículo sobre el ardid joyceano. Valoraba las palabras de Stephen al final del Retrato del artista adolescente: “Voy a forjar en la fragua de mi alma el espíritu increado de mi raza…con silencio, destierro y astucia…”. La juzgaba una fórmula posible para pensar la literatura. Nunca pude advertirle del fragmento de Engels sobre el porvenir revolucionario irlandés, que quizás descansaba en la vieja lengua campesina que parodia a Shakespeare con católica mansedumbre. Cuando encontré la cita, Pedro ya no aparecía por el bar.
¿La Odisea enmascarada tras una jornada intrascendente en Dublín, o una jornada intrascendente enmascarada como una odisea? ¿Cuál preferimos, el Joyce lírico o el satírico?
Fue en Tobías donde conocí a Joaquín Giannuzzi. Don Pedro bebía su habitual fernet con soda que Daniel, al final de los años, le servía sin preguntar. Joaquín sorbía despaciosamente un Gancia, inmediatamente me pidió que no tuviera escrúpulos en la conversación. Aquellos encuentros fueron fabulosos. Las reuniones no podían ser más entretenidas, sólo se hablaba de Historia y Poesía. Un comentario al pasar, alguna observación pueril disparaba la charla. Joaquín reducía todo a literatura. Nos encontrábamos a media mañana en el bar del Hotel Regidor. Si la conversación estaba entretenida podíamos pasar a Tobías o continuar en algún restaurante. La agudeza y la memoria se expresaban con azarosa y elegante destreza. Joaquín citaba a Dante y al terminar decía no saber nada de italiano. Pedro, que tampoco conocía la lengua, corregía amorosamente. También citaban en francés. Compartían el cinismo porteño, la erudición y el peronismo. En esa mesa aprendí, finalmente, el trato que debe dispensarse al poeta. Pedro acompañó a Joaquín en las noches aciagas de la terapia intensiva. Se referían con sentida emoción a Libertad Demitrópulos.
Don Pedro fue seguidor de San Lorenzo, afición que nunca comprendí y atribuí a su cultura citadina. Había algo ahí en esa adhesión que era como una opción por los pobres, de mucho orgullo. Jorge Bergoglio, también la comparte. Es curioso que ambos personajes se conocieran en las visitas del cura a Salta. La llegada al papado del jesuita reconfortó a Don Pedro, de alguna manera supo que la conducción política del Pueblo de su Nación estaba garantizado. Fue testigo del ascenso y el posterior declive de Fidel Castro. Del retorno de Juan Domingo Perón. Celebró la llega del chavismo, de Evo y de Pepe Mujica al poder. Recomendaba releer la Carta de Jamaica, de Simón Bolívar. Cifraba el futuro en algunas claves literarias y políticas. Nunca pude saber si fue discípulo de Leonardo Castellani. La tradición en él se daba como algo puro, eso quiero decir.
La sensibilidad para la belleza y para percibir el dolor del pueblo lo afectaba desde joven. Todo parece indicar que en algún momento de su juventud fue alumno de abogacía y también de la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Como jugador de ajedrez frecuentaba el Café Rex, el mismo del que fuera habitué Witold Gombrowicz. Se crió entre inmigrantes españoles. En la carestía se educó en el seno de una generación que luchó y guió a las multitudes. A veces, haciendo un alto en la conversación, y si tenía que subrayar una anécdota de sus tíos o unos versos castizos, decía, las virtudes son de la clase y los defectos del sistema. Había mucha picardía en su mirada a pesar de ser un hombre que comprendía muy bien la naturaleza del Poder. Había temas referidos a la suerte política de la Nación que trataba con reserva. Tenía un seudónimo para su columna de opinión dentro del periódico, Santiago Rebollero, quién en diciembre de 2001 anotaba cosas como estas: La Nación es un proyecto de vida en común, no una factoría para enriquecer a los menos. El trabajo va a ser difícil y no está garantizado por el éxito, pero es el único camino posible. “Creer, he allí toda la magia de la vida”, decía Raúl Scalabrini Ortíz, a quién no podemos dejar de invocar en esta dura hora de los argentinos."
Citaba a Luis Franco, hablaba de un puro nosotros.
No creo ser la persona indicada para hablar de la amistad de Pedro González con J. Armando Caro y Francisco Álvarez Leguizamón. Sólo puedo dar fe que la mesa del bar donde se sentaba Pedro, estaba presidida por los fantasmas de sus amigos. Muy rara vez, y hacia al atardecer, cuando el peso de los recuerdos y de la memoria literaria se diluía en vinos lentos, frases aisladas o simples asonancias o cuando ya el corazón se quedaba mudo, hastiado de versos, Pedro se lamentaba, decía, de lo único que me lamento en esta vida es no haber llegado a ser alguien tan bueno como Jacobo Regen.
El último autor del que hablamos fue César Aira. Creo que a Pedro le fascinó el humor y la inventiva, la prodigiosa habilidad para tejer historias y darle voz propia a sus personajes. No llegó a leer Bob Chow. Sin prejuicios, Don Pedro podía absorber y gozar de la buena literatura así la escribiera un autor ubicado en el otro extremo de sus ideas políticas. Por quién no sentía mucho aprecio era por Fogwill. Lo entiendo, a mí aún hoy me cuesta digerirlo. De los poetas tenía un panorama amplio y, si bien sus gustos eran por los de lengua castellana de siglos pasados, estaba al tanto y alentaba la lectura de los escritores contemporáneos. Admiraba a Cucurto y a Rubio, por ejemplo. Tenía aversión por los surrealistas, principalmente por Bretón. No me equivoco si digo que su última lectura intensa de autor fue Roberto Bolaño, tenía sus simpatías por la tropa de los visceralistas; leía en esa literatura el contraste violento de lo real sobre el ya bochornoso realismo mágico. Detrás de su pasión por la poesía se escondía un respeto por la lengua y el pasado. Creo que siempre tuvo preferencias por lo clásico. Veía con escepticismo el futuro, -¡quién no!- Confiaba en el amor por la lengua. Sin dudas Aira y Saer le resultaban más interesantes que Piglia. Entiendo que para Pedro, vanguardia siempre fue Roberto Arlt. La última artista que admiró en su Salta adoptiva fue a Lucrecia Martel por su impecable obra visual y exquisitamente sonora.
Conocía algunas anécdotas del Colorado Ramos en el exilio boliviano; cierta vez me recomendó un ensayo sobre la función del ají en la cocina andina escrito por Don Jorge Abelardo. Perseguido durante el Proceso, se reunió con jerarcas de la dictadura para pedir por la libertad de la ex presidenta. Conoció a John William Cooke y a su legendaria esposa, Alicia Eguren. Estuvo detenido por la causa que resultó de la caída del EGP en el monte oranense, la fracasada experiencia guerrillera no contó con su simpatía y se enfadó con el libro de Gabriel Rot que lo involucraba. Tengo para mí que la experiencia del EGP incluso en su negatividad y con el tiempo, habría que juzgarla como necesaria. Alguna vez me preguntó si me habían pintado los dedos, le dije la verdad, nunca. Desconfiaba de los periodistas salteños, tenía la sospecha de que algunos eran informantes, yo compartía y comparto esa inquietud. Fue asesor del exgobernador Hernán Cornejo. Se reunió con Perón varias veces. Estuvo en Puerta de Hierro. Trajo al país las famosas cintas que rodara Pino Solanas en sus entrevistas con el líder exiliado. Estaba en la Quinta de Olivos cuando falleció Perón.
Alguna vez Teuco Castilla me dijo que leyó poemas de Pedro González, que hasta donde sé, continúan inéditos. Me dijo que eran buenos. No tengo dudas que deben ser muy buenos. Sé que durante un tiempo fue deseo de Pedro que Gregorio Caro Figueroa escribiera una Historia Social de Salta, y pensó que quizás yo podía retomar la idea de escribir una Historia del Movimiento Obrero Salteño. Me pidió durante años una biografía del dirigente sindical y ex vicegobernador de la provincia, Olivio Ríos. No cumplí con su pedido. Compartíamos el mismo gusto por la literatura boliviana. Por él conocí a Franz Tamayo, y tuve la dicha de sorprenderlo con Jaime Sáenz. Decía que no había que entregar el legado de Sarmiento a los liberales; era, por supuesto, antimitrista. Admiró a Borges, se divertía con su antiperonismo, consideraba que la madre de Borges era la auténtica traductora de muchas obras que Borges firmó como propias.
El poeta nace cuando el sujeto se da cuenta de que la lengua y con ella todas las cosas humanas están en peligro y decide que sus versos vendrán a recomponer el sentido de la vida. Esa parece haber sido la prosodia heroica elegida por Pedro, y es lo que se sentía a su lado. Por él conocí una extraña traducción de Macbeth hecha por León Felipe. Y ahora que invoco la prosodia heroica y a Felipe, hacia el final de esta semblanza hecha de anécdotas y nombres propios que en larga metonimia se hilaron para comprensión de una vida, y que finalizaré con torpeza o tristeza, afectado por aquella misma vieja inquietud de saber si esta vida aquí reseñada, no es más que otro cuento contado por un idiota lleno de furia y estrépito.
publicado en el N° 247 de la revista CLAVES
Salta, marzo de 2017

martes, 23 de agosto de 2016

Baica Dávalos

























En una entrada de los diarios íntimos de Adolfo Bioy Casares, conocidos como, Descanso de Caminantes, leemos lo siguiente: “La semana pasada, murió en Venezuela Baica Dávalos. Era amigo de Genca y sé que una noche desde una ventana del cuarto piso de esta casa -Posadas 1650- orinó a la calle. Con su mujer, Mamy, solían visitarnos a Genca y a mí en Vértiz; con el tiempo, Mamy se pasó a Jaime, el hermano de Baica. Baica se fue a Venezuela y escribió. A su pedido lo recomendé a la Guggenheim, para que lo becaran; no lo becaron. Era un hombre fuerte, basto, asaz inteligente, bebedor, salteño profesional; desprejuiciado, inescrupuloso, no contemplaba demasiado los sentimientos ajenos; de todos modos, la gente que lo quería, lo quería mucho.”

Juan Carlos Dávalos, apodado “El Baica”, nace en Salta en 1919,  fue el tercer hijo de Juan Carlos Dávalos y María Celesia Elena. Llegó a Caracas en 1959, pronto se dedicó a la crónica y entregó lo mejor de su producción literaria en aquellas tierras. Una cita en la página web de la Fundación Ayacucho, nos informa que en aquel país caribeño fundó revistas culturales y ejerció el magisterio dentro y fuera de las aulas. Dice: “Digamos que Baica era como un adolescente perpetuo en diálogo continuo”. De sus libros, “La piel de las víboras”, (1968) y “La mar en coche”, (1976), inferimos que su maestría residía en la captación de núcleos fantástico en la vida ordinaria del hombre común latinoamericano. También residió en México; escribió más de siete títulos de relatos y crónicas.

Jacobo Regen, con mucho más cariño que Bioy y la Fundación Ayacucho, le dedica uno de sus grandes poemas:

“Quiero que seas mi editor
-dijiste-
Con los Cinco relatos de a caballo

recibirás un giro
y un diagrama.
Si sobra un resto,
guárdalo;
bébelo a mi memoria.”

Pero nunca llegaron
tus palabras.
¿Alguien,
en el camino,
borró las líneas,
estrujó el papel?

Hijo fui de tu padre
sin renegar del mío.
Y en esta tenebrosa
costumbre de morir a pleno día
te llevo con los dos:
uno me ofrece su nudosa mano
y otro el arpa cautiva
que el rey David grabó sobre la túnica
de san Juan de la Cruz.

Hoy edito tu muerte
y la promesa
de visitarte alguna vez.

martes, 23 de febrero de 2016

La velocidad del agua

























Acá había un río
7 guiones para cuentos
Francisco Bitar
Córdoba, 2015

“Acá había un río”, es un libro para leer de un tirón. No conozco lectores que le hayan dedicado dos jornadas o más de lectura. Su fórmula es simple, como indica la portada: son siete guiones, apuntes precisos y filosos para cuentos extremos. Ameritan una lectura rápida, las historias son esbozos de vidas tan complejas como desesperadas. Podríamos decir que su técnica es la velocidad de la desesperación, bosquejos del dolor de una época. 

La ausencia o debilidad de la figura paterna estructuran los relatos, en ese sentido el libro puede ser leído como una nouvelle en cuya brevedad se hace evidente la desdicha que recorre todas las historias. El relato final, (alerta spoiler!), “Acá había un río y yo lo cuidaba”, restituye por la vía imaginaria una relación filial y funciona como cierre de la carencia insinuada en los relatos previos. La economía de recursos le permite al autor presentar los personajes en sus actos y sus frustraciones sin necesidad de sumergirlos en psicologismos que afecten la saga. 

Maximiliano Crespi, ha dicho sobre la obra: “La prosa de Bitar es potente y precisa… la trama de sus relatos se trenza siempre en los incidentes y sus personajes son reales porque no se ponen nunca por encima de las circunstancias. Desarman, a veces de manera un poco brutal, como tirando involuntariamente de uno de los hilos sueltos, el tejido de una historia que los excede. Y tarde o temprano descubren, en lo atroz o lo banal del incidente, la áspera textura de la vida misma”.

Francisco Bitar, nació en Santa Fe en 1981. Publicó los libros de poemas Negativos (2007), El olimpo (2009) Ropa vieja: la muerte de una estrella (2011), The Volturno Poems (2015). El volumen de cuentos, Luces de Navidad (2014). Tuvo a su cargo la edición de Trabajo nocturno, poemas completos de Juan Manuel Inchauspe y es uno de los antólogos de “30.30”, Poesía argentina del siglo XXI. Tradujo, entre otros, a Jack Spicer, “Quince proposiciones falsas contra Dios”, (2009).

Editorial Nudista, una vez más, ha sabido reunir en su catálogo a los exponentes más destacados de la narrativa contemporánea.


sábado, 30 de enero de 2016

Deportes extremos














Cacería de Guanacos
y otros deportes de riesgo
Rosana Gutierrez
Buenos Aires, 2015

Cuando se quita los ojos del poema se piensa en la Libertad.

Obra bufa, esta comedia es una parodia desenfadada del propio acto de narrar. Lo que se revela con su lectura es una poética del caos. Toda la “cacería” no es más que una persecución gozosa, estética. No importa aquí lo narrado, el deporte extremo propuesto es la búsqueda de sentido. Condensa imágenes y fórmulas lingüísticas, citas literarias, cinematográficas y musicales en un desconcertante extravío. Todo el encadenamiento de situaciones planteadas es una carrera absurda. Al concluir su lectura no sabemos qué hacer con él libro.

La edición trae un bonus track de tutiplenes concebidos por la autora como una colección de epifanías de delicada y cínica precisión estilística.

Carlos Busqued, ha dicho de “Cacería de Guanacos y otros deportes riesgo”: “La literatura argentina se murió justo el año pasado, pero si no, este libro llegaba justo… Una especie de complejo entramado de líneas de Nazca que, visto desde el espacio, revelan su verdadero significado al cosmos: PUTO EL QUE LEE “.

Rosana Gutierrez, es poeta y narradora. Publicó en diversas antologías: Letras de la Conjura, Narradres argentinos contemporáneos – Siglo XXI y Revista Gulliver. Su primer libro de relatos, Consideraciones acerca de Tutiplenes y otros frutos del mar, fue publicado por Aurelia Rivera Libros en 2008.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Los raros

Vivimos una época que siente fascinación por lo raro. Una época que vuelve sobre lo olvidado y lo inadvertido; una época que se toma muy en serio lo escaso, lo lateral, lo subjuntivo. Un momento de nuestra historia literaria que valora lo hipotético, un tiempo que finalmente goza con las probabilidades y se regodea con el imperio de lo apenas posible. La seducción que produce la historiografía en ese sentido, se parece mucho al encanto de la fosa abierta para confirmar lo obvio de los restos de Cervantes o la inútil reedición de los Evangelios Apócrifos.

En 1896, Rubén Darío publica en Buenos Aires, Los Raros, una serie de semblanzas sobre Martí, Poe y Verlaine, entre otros admirados, aparecidas primero en La Nación y luego volcadas a libro. Esa selección se afirmaba en aquellos que se oponían a cierta tradición dominante, a un canon labrado en la emergencia de la flamante burguesía parisina. La selección era una estrategia frente a la tradición, una estética que operaba por descarte, una reunión que alumbrara autores ajenos al orden.

En la actualidad hay una ausencia de tradición, o mejor dicho, hay una tradición que ya no produce efecto. Ya no se distingue una raíz, sino la multiplicidad del rizoma. Ahora es uso y costumbre lo complejo y lo diverso. Asistimos a la ausencia de una tradición literaria que nos garantice una verdad, o al menos un modo más o menos cierto de cómo encarar los asuntos literarios. ¿En la actualidad, cómo leer la siempre tan previsible literatura salteña, tan cómoda a la hora de establecer regularidades y fijar prioridades, ahora que muchos de sus preceptos huelen a metáfora muerta y su canon, si es que tamaña cosa fue posible en la aldea, es apenas la alegoría de las oportunas ambiciones, de las inquietas filiaciones y la no menos inescrupulosa, intervención estatal?

Ahora que todo es raro, llamaremos raros o libros raros a todos aquellos que la crítica ha ignorado; los vilipendiados por las estructuras legitimadoras, considerando que estas muchas veces no han sido más que el triste despacho de un ministerio, el frenesí de una cátedra o la soberbia de una mesa de amigotes sobreexcitados. También llamaremos raras a aquellas producciones desconocidas por el público no especializado o que los refritos académicos o periodísticos señalan al autor como al pasar, “al mismo tiempo y por aquella época” o con más crueldad, el categórico, “por otra parte…”.

Por su extraña belleza, por su distopía estética o intelectual, por su disonancia con la época de producción o porque sencillamente desbordan los límites del género al cual se pretendió atarlos, es que vale la pena preguntarse qué lugar o en cuál rama de la naturaleza literaria ubicar los trabajos de Salvadro Baratieri, Maíz Pérez o Sergio Teseyra. ¿Dónde ubicar las indagaciones estéticas de Hernán Ulm, Federico Cossio o Francisco Álvarez Leguizamón en su “Clave de Libertad”, o los análisis socio-historiográficos de “Poder y salteñidad” de Sonia Álvarez y de la “Historia de la gente decente” de Gregorio Caro Figueroa, por cierto, libro tantas veces barajado en tertulias o cátedras y tan pocas veces visto y consultado? ¿Dónde, “Isis o de la literatura salteña” de Roberto García Pinto o el ubicuo “Poetas y prosistas salteños” de Walter Adet?

Porque raro no sólo es lo ignorado sino también lo mal leído, así como lo consagrado y tantas veces repasado sin preguntarse demasiado si son antologías o ensayos o entusiastas ejercicios de disciplina intelectual. ¿Cómo leer aquellos títulos que no llegaron a libro y que poseen toda la potencia para ser, como la libreta o diario del capitán cubano Hermes Peña, borroneados en la campaña de la guerrilla en Orán, o las plaquetas de versos satíricos de Juan Carlos Dávalos firmadas como Quiscoloro y Motolina, o aquellos otros versos reunidos para homenajear a la luna en 1969 en una publicación limitada para consumo de poetas celebrando la llegada del hombre al satélite? ¿Cómo, aquellas novelas que son cantos al trabajo y al trabajador rebelde, porque toda literatura que se precie de tal en estas tierras se escribe con la pasión de la rebeldía, como “Derrumbe” de Espeche Cano, apenas mencionado en el manual de Adet, o el “Mi tierra” de Miguel Villanueva, donde los campesinos hablan como si fueran personajes de Máximo Gorki y sin embargo son campesinos rebeldes del sur de Salta, o el enigmático “La Cantera” de Yañez. ¿Qué cátedra prestara atención a las lúcidas novelas de Néstor Saavedra como “El señor gobernador y la insurrección” o mejor aún, porque es contemporáneo de la aventura y la zozobra heroica, su “Los guerrilleros”, o el entrañable “Las vueltas del perro”, de Santos Vergara?

La lista es larga, triste y desesperada porque a medida que uno nombra y repasa no puede dejar de pensar en la perversa manipulación que se han hecho de algunos textos, de la censura deliberada o a veces sólo activada por la ignorancia o la soberbia más que por el conocimiento que conduce y enseña. Uno no pude dejar de pensar en “Niebla en las abras” de Moisés Zevi, “Donde los hombres mueren riendo”, de Carlos Barbarán Alvarado, o los textos múltiples del polígrafo Ciro Torres López, o del desgraciado poeta Ángel Zapata; la poesía de María Angélica de la Paz LezcanoLa fiesta del tomate!- y Mercedes Clelia Sandoval; “El crimen del opa Tintila” de Pablo Fortuny, los “Falsos recuerdos” de Daniel Martín, los cuentos dispersos del Dr. Gustavo “Cuchi” Leguizamón, las novelas de Francisco Zamora y las notas dispersas en diarios de Federico Gauffín o Julio Espinoza, por cierto “El hombre de barro”, ¡qué libro tan raro! nunca consultado, nunca considerado y si se quiere, condenado al anonimato por el propio autor para beneplácito de los mediocres.

Ahora que la propia literatura suena a palabra inquietante o le sirve a alguno para ubicarse en un puesto público o sacar provecho económico de la belleza ajena, quizás valga la pena repasar todos estos escritos olvidados dejados al margen y quitados de toda centralidad ¡He ahí la consagración de lo excéntrico!

Joaquín Castellanos, tuvo su libro raro, ¿qué es sino “Cautivo”? prefiguración del poeta militante ¿y la respuesta de Dávalos para defenestrar al gobernador-poeta con su “Águila Renga”? prefiguración de la opereta y de ciertas operías político-literarias ¿fue ese el propósito de la maniobra davaliana?

Es evidente que no toda la literatura ha gozado de la luz de la atención y no todo lo escrito transita siempre la lectura consagratoria pero será necesario repasar las nóminas y desempolvar los archivos, no vaya a ser que alguno pretenda corregir al padre o inventar el cero. Habrá que trazar nuevos mapas de lecturas, no tanto con ánimo de escrutar lo incierto o lo alternativo como de vindicar belleza, porque por estos días la belleza sola también tiene necesidad de decir su verdad.

“Nos gustan los raros, los excéntricos”, parece decir la época; de ellos, de los descentrados será el reino de la crítica futura y tendrán como corona la promesa constante de la consagración. Lo anómalo, lo rebelde, el caos -oh el caos ¿cómo temerle al caos?-  nos seduce. Nos gustan los incorregibles, los inasibles. Ellos serán nuestras lecturas más íntimas, porque el lector será el protagonista de la renovada transgresión. ¡Leer ya es una transgresión! El lector futuro también querrá ser parte de lo extraordinario y de lo original, porque el lector será el nuevo maldito el más raro protagonista de la literatura por venir.


texto publicado en el periódico cultural CLAVES de la ciudad de Salta, noviembre de 2015

martes, 6 de octubre de 2015

Memoria del presente


Unión Salteña de Escritores: Textos y pensamientos de nuestros escritores

Entrevista para el archivo de la Secretaría de Cultura, Ministerio de Cultura y Turismo de Salta.


Cámaras y edición: Pablo Lihuén
Idea y realización: Julio Haro

Salta, julio 2015